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Una reflexión sobre la presencia del Espíritu Santo en la vida y obras de Santa Teresa de Jesús.

por / Lunes, 29 mayo 2017 / Publicado enNoticias
Teresa de Jesús - Espíritu Santo

El Espíritu Santo está hoy presente en la Iglesia. Hablan de él los teólogos como quizá no lo han hecho en otros tiempos; lo invocan los fieles con una convicción inusitada. Ya no es el “gran desconocido”, como se ha podido afirmar en otros tiempos. Y a este conocimiento e invocación responde el Espíritu con una abundante presencia de sus carismas y sus frutos.

Para Teresa de Jesús, el Espíritu Santo no fue un Dios desconocido. En el Congreso de Pneumatología celebrado en Roma en el mes de marzo¹, un teólogo preguntó si había en los místicos católicos una sensibilidad a su presencia y citó entre otros a Santa Teresa. La respuesta es obvia. Teresa de Jesús es sensible a la acción del Espíritu y subraya en sus escritos la función que tiene en la vida cristiana.

De la devoción personal a la experiencia mística

El primer recuerdo explícito de una devoción particular al Espíritu Santo en la vida de la Santa lo encontramos en Vida 24,5. El confesor de Teresa en el momento que lucha por estabilizarse en la conversión es el P. Juan de Prádanos; de él viene este consejo: «Él me dijo que lo encomendase a Dios unos días y rezase el himno de “Veni Creator” porque me diese luz de cuál era lo mejor». Mientras Teresa recita el himno litúrgico recibe una de las primeras gracias místicas. En un rapto oye la palabra del Señor que hace en ella una operación singular: la sana definitivamente en lo que para ella había sido durante muchos años su debilidad: su afectividad. Experimenta a la vez equilibrio en el amor y libertad; dos dones característicos del Espíritu Santo: amor verdadero y libertad de los hijos de Dios. La devoción de la Madre se concentra, al ritmo del año litúrgico, en la fiesta de Pentecostés con su preparación y su octava en lo que entonces se llamaba, y Teresa nos conserva la memoria, «La Pascua del Espíritu Santo». Se puede afirmar que el Espíritu pagó con creces la devoción teresiana otorgándole gracias singulares de auténtico sabor litúrgico en esas fechas; la más sonada fue la de Pentecostés de 1563 cuando ya la Santa estaba en el Carmelo de San José, relatada en Vida 38,9-11; se trata de un episodio que hay que saborear en toda su gracia, tal como nos lo confía la Madre; precede la lectura del Cartujano sobre la fiesta de Pentecostés; sigue la conciencia que ella demuestra de poseer, por los frutos que ve en su vida, el Espíritu; y mientras su lengua pronuncia oraciones de alabanza, siente sobre su cabeza un aleteo de una singular paloma que le deja en el corazón la presencia de «tan buen huésped» con efectos de amor y de sosiego interior que le duran durante varios días. Es hermoso recordar la coincidencia de la expresión teresiana con la palabra litúrgica de la Secuencia de Pentecostés «Dulcis Hospes Animæ». Pero en la descripción teresiana están marcados como en filigrana los dones del Espíritu: quietud, gozo, consuelo, gloria, «subido amor de Dios» y fortaleza grande. Es el Pentecostés de la Madre, recordado siempre por ella con inmenso agradecimiento (cfr. Relación 67).

 El inspirador de sus escritos

Uno de los rasgos más característicos de la iconografía teresiana es la presencia de una paloma, símbolo del Espíritu Santo, que con sus rayos ilumina a Teresa en su actividad de escritora. Simbolismo audaz que coloca a la Santa bajo la gracia de una inspiración del Espíritu y hace de sus escritos “celestial doctrina” como recuerda la liturgia. El símbolo iconográfico responde al testimonio teresiano. Cuando la Madre se adentra en las Moradas espirituales, las que más quedan caracterizadas por la acción del Espíritu, es espontáneo el gesto de pedir luz al Señor e invocar la acción sugeridora del Santo Pneuma. Así empieza las IV Moradas:

«Para comenzar a hablar bien he menester lo que he hecho, que es encomendarme al Espíritu Santo y suplicarle de aquí adelante hable por mí, para decir algo de las (moradas) que quedan de manera que lo entendáis».

De manera implícita al iniciar las quintas moradas: «Enviad, Señor mío, del cielo luz para que yo pueda dar alguna (luz) a estas vuestras siervas…» (Moradas V 1,1); y de nuevo en el paso de las quintas a las sextas moradas, cuando aumenta la inefabilidad, la súplica al Espíritu y la confianza en Él se afianzan: «Si su Majestad y el Espíritu Santo no menea la pluma, bien sé que será imposible… Pues vengamos con el favor del Espíritu Santo a hablar de las sextas moradas…» (Moradas V 4,11 y VI 1,1). Estamos en las moradas de las «maravillas de Dios» donde el Espíritu se hace presente a través de dones, carismas y operaciones espirituales que parece derramar con abundancia en el corazón de Teresa. Y todavía en las séptimas la alusión implícita: «Plega a su Majestad si es servido menee la pluma y me dé a entender» (Moradas VII 1,2). Nos sorprende la actitud de confianza y de docilidad que por otra parte confirman las “gracia” que fluye en la precisión teológica y en la riqueza expresiva con que la Madre ha plasmado, bajo la acción del Espíritu, páginas densas de espiritualidad que resisten al reto de los tiempos.

 La mediación del Espíritu en la oración y en la vida

Con tres pinceladas características la Santa ha descrito con precisión teológica la acción del Espíritu Santo en la vida cristiana. La primera es la acción del Espíritu en la oración del cristiano; después de haber comentado las resonancias bíblicas de la palabra «Padre» en un diálogo intenso con el «Hijo» que con nosotros es maestro y orante, la Santa escribe: «Entre tal Hijo y tal Padre forzado ha de estar el Espíritu Santo, que enamore vuestra voluntad y os la ate tan grandísimo amor, ya que no baste para esto tan gran interés» (Camino 27,7). La oración cristiana del «Abbá: ¡Padre!» está suscitada por el amor mismo del Espíritu que enamora y ata nuestra voluntad para orar como debemos. La segunda alusión es la afirmación teresiana [de] que toda la vida cristiana se realiza «con el calor del Espíritu Santo» (Moradas V 2,3); intuición feliz que coloca toda la economía de la gracia y de los sacramentos bajo la acción cuasi maternal del Espíritu que con su calor permite la plena eficacia sacramental y el crecimiento del alma en su conformación con Cristo; toda la vida cristiana pero especialmente todo el sentido de la aventura cristiana como transformación progresiva en Cristo hay que atribuirla a la acción santificante del Espíritu. Finalmente, y esta es la tercera alusión, una experiencia de la Santa asumida como categoría teológica de gran hondura: «Paréceme a mí que el Espíritu Santo debe ser medianero entre el alma y Dios y el que la mueve con tan ardientes deseos que la hace encender en fuego soberano, que tan cerca está» (Conceptos de Amor de Dios 5,5). En efecto, el Espíritu con su presencia en el hombre constituye la mediación absolutamente necesaria para la presencia de Cristo y de cualquier realidad sobrenatural. Teresa lo ha sentido en muchas ocasiones cuando la santificación progresiva ha ido marcando nuevas presencias y nuevos frutos de amor.

No se agota aquí la doctrina teresiana acerca del Espíritu Santo. Pero puede bastar esta síntesis de un aspecto. Para despertar el interés no tanto por un capítulo de su doctrina sino por una realidad de nuestra vida que Teresa ha vivido con clara conciencia y devoción singular: la presencia del Espíritu Santo en el cristiano.

Fuente: Jesús Castellano Cervera, ocd.

 En el blog  Cultura-Espiritualidad-Carmelo aparece este texto tomado de un escrito mecanografiado inédito de dos páginas del P. Jesús Castellano Cervera. El tema es el Espíritu Santo en Teresa de Jesús. El P. Jesús Castellano fue un carmelita descalzo valenciano (Villar del arzobispo, 1941-Roma, 2006), profesor de Teología de la Facultad Teresianum de Roma  y consultor de siete dicasterios de la Curia Romana.

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